El Ecuador es un estado en formación
En el Ecuador sobran las palabras para definir a un Estado aun inexistente. Es tan vulnerable su estructura que todavía sus habitantes no han acertado a colocarle un verdadero nombre. El último que ha recibido este estado en ciernes asegura que: “El Ecuador es un estado constitucional de derechos y justicia, social, democrático, soberano, independiente, unitario, intercultural, plurinacional y laico. Se organiza en forma de república y se gobierna de manera descentralizada”.
En 1998 el acuerdo fue denominarlo: “El Ecuador es un estado social de derecho, soberano, unitario, independiente, democrático, pluricultural y multiétnico. Su gobierno es republicano, presidencial, electivo, representativo, responsable, alternativo, participativo y de administración descentralizada”. Claro, en los dos casos los sentidos estaban de acuerdo a la última tendencia, lo que hacía presuponer que estábamos en avanzada. En esa categoría de ilusión de pensar que somos los únicos y, sobre todo, los únicos en oposición todos, al resto del mundo.
Esa definición de estado perfecto y una acción de gobierno, supuestamente, igual de revolucionaria con relación al resto y capaz de antagonizar con los sistemas de mayor hegemonía y hasta susceptible de preocupación de los regímenes que ejercen dominio en medio mundo y del primer mundo; lleva a ensoñaciones muy parecidas a las que dominaban aquel teatro y cine del absurdo y misterio de los realizadores surrealistas.
Dentro de esa misma lógica incomprensible y audaz; la auspiciante de un proyecto de ley de comunicación no tenía reparos en asumir y vanagloriarse de que su propuesta era única, nunca antes concebida y que ya preocupaba hasta a la Unión Europea. Tan única y visionaria era, que contradecía todos los principios, derechos y saberes convenidos garantizados por las naciones del orbe.
Para cerebros con tamaña audacia les resulta incomprensible el que se levanten voces de protesta en la ciudad de Guayaquil, ciudad metrópoli y portuaria en la que residen las economías más prósperas, en la que en un día cualquiera un ser humano puede juntar 30 dólares en cualquier esquina con un balde de jugos y duplicar esa cantidad con la venta de chocolates en el recorrido de un bus interprovincial entre la terminal terrestre y el puente sobre el río Guayas. Y en casos extremos hacerse de dinero y propiedades ajenas al mejor estilo de los mostrados en cualquier serie televisiva. Situación que, desde luego, no es siquiera pensable en el resto de la patria.
Claro que allí hay un alcalde que defiende ese orden establecido y también los intereses de quienes más han acumulado en el golfo a lo largo de la ya larga vida republicana. Pero, de allí a pensar que se trata de liderazgos de parroquia y llamar cantón a la ciudad cuyo motor es la economía y, en la actualidad centra también la contraparte ideológica y política del Socialismo del Siglo XXI, es olvidar que el estado ecuatoriano está en conformación y con una constitución que reconoce que el Ecuador “se organiza en forma de república y se gobierna de manera descentralizada”.
sábado, 13 de febrero de 2010
martes, 2 de febrero de 2010
Comunicación: Las responsabilidades ética y estética
Los paradigmas tienen valor hasta que surgen unos nuevos. Así se ha desarrollado la historia reciente, la que ha estado bajo la marca del progreso, el desarrollo, la ciencia y la comunicación. Al parecer, esa sucesión de paradigmas han dominado el mundo y han permitido el adueñarse de él. “Nada hay que no pueda alcanzar la fortaleza” repetía el emperador romano convencido, como debió haber estado, del paradigma de la fuerza y de la imposición del poder a sangre y espada. En sociedades belicistas la guerra fortaleció el paradigma del progreso y las armas han desfilado por milenios junto a blasones que mantenían los símbolos de los imperios.
Esos mismos paradigmas de expansión, de terror, de ocupación sustituyeron las armas por palabras y los sonidos de las palabras por letras y los significados del idioma por imágenes, configurando así el paradigma de la comunicación y sus brazos armados la tecnología y comunicación mediática. Así parecía el poder convencido y envilecido de gloria y ha multiplicado su expansión y ocupación por todos los rincones a los que ha sido capaz de extender e influir con sus dominios e intereses económicos y políticos.
El paradigma de la comunicación no ha hecho otra cosa que reproducir el poder en su infinidad de formas, funciones y roles; de imponer por la fuerza de la persuasión los modelos de comportamiento, actitudes y valores necesarios para el soporte del porvenir de unos pocos y de apenas sobrevivir para la mayoría.
Visto así el paradigma de la comunicación parecería corresponder de manera directa a los intereses del poder representado en la economía y la política ajustadas al orden establecido. Si hubiera una correspondencia directa entre complicación y perfeccionamiento; la comunicación, que ha llegado incluso a sustituir a la educación y a la cultura, sería el modelo correcto y perfecto. Sin embargo, si algo ha demostrado el paso del tiempo y lo ha registrado la historia; es que los paradigmas se han sucedido unos a otros. Los viejos modelos fueron sustituidos por unos nuevos.
¿Cuál es entonces el paradigma que sustituirá a la comunicación? Con seguridad su medida. Representada en aquellas categorías que han caminado junto a los paradigmas en una suerte de buen consejero, pero que ignorados y relegados se ha llegado incluso a negar su existencia: los valores contenidos en la ética y la estética.
Una ética de la responsabilidad, que en comunicación exige la verdad. Y una estética de la sensibilidad. Que lleve a los seres humanos de vuelta a las sensaciones y a las emociones. A la construcción de pensamientos e intercambio de dones. Y no hablamos del don que caracterizaba al santo ícono del paradigma de las religiones; nos referimos a los dones que se comparten en los grupos primarios: como el amor y la correspondencia a la familia; la lealtad a la aprobación de la amistad; y la fidelidad y el respeto al amor. Dones sin valor de cambio ni precio, y que sin embargo de los que se comparte y participa sin esperar ninguna recompensa.
Esos mismos paradigmas de expansión, de terror, de ocupación sustituyeron las armas por palabras y los sonidos de las palabras por letras y los significados del idioma por imágenes, configurando así el paradigma de la comunicación y sus brazos armados la tecnología y comunicación mediática. Así parecía el poder convencido y envilecido de gloria y ha multiplicado su expansión y ocupación por todos los rincones a los que ha sido capaz de extender e influir con sus dominios e intereses económicos y políticos.
El paradigma de la comunicación no ha hecho otra cosa que reproducir el poder en su infinidad de formas, funciones y roles; de imponer por la fuerza de la persuasión los modelos de comportamiento, actitudes y valores necesarios para el soporte del porvenir de unos pocos y de apenas sobrevivir para la mayoría.
Visto así el paradigma de la comunicación parecería corresponder de manera directa a los intereses del poder representado en la economía y la política ajustadas al orden establecido. Si hubiera una correspondencia directa entre complicación y perfeccionamiento; la comunicación, que ha llegado incluso a sustituir a la educación y a la cultura, sería el modelo correcto y perfecto. Sin embargo, si algo ha demostrado el paso del tiempo y lo ha registrado la historia; es que los paradigmas se han sucedido unos a otros. Los viejos modelos fueron sustituidos por unos nuevos.
¿Cuál es entonces el paradigma que sustituirá a la comunicación? Con seguridad su medida. Representada en aquellas categorías que han caminado junto a los paradigmas en una suerte de buen consejero, pero que ignorados y relegados se ha llegado incluso a negar su existencia: los valores contenidos en la ética y la estética.
Una ética de la responsabilidad, que en comunicación exige la verdad. Y una estética de la sensibilidad. Que lleve a los seres humanos de vuelta a las sensaciones y a las emociones. A la construcción de pensamientos e intercambio de dones. Y no hablamos del don que caracterizaba al santo ícono del paradigma de las religiones; nos referimos a los dones que se comparten en los grupos primarios: como el amor y la correspondencia a la familia; la lealtad a la aprobación de la amistad; y la fidelidad y el respeto al amor. Dones sin valor de cambio ni precio, y que sin embargo de los que se comparte y participa sin esperar ninguna recompensa.
Bastardos sin gloria: la muerte en escenario real
Bastardos sin gloria: la muerte en escenario real
Quizá sea el holocausto provocado por el nazismo sea uno de los temas con mayor recurrencia en el cine. Y al igual que la muerte y el amor ha provocado los mayores argumentos en esa extraña mezcla de emociones que significan los extremos entre el amor y el dolor.
Quentin Tarantino, en la película “Bastardos sin gloria” se recrea en lo que mejor sabe hacer: jugar con el realismo al imaginar escenarios sangrientos en los que coloca en situación de oposición las emociones.
La guerra es el pretexto para el director, para en ella colocar un grupo de bastardos en el frente aliado con la misión de una secuencia de exterminio cruento y aleccionador. Sin embargo no es menor sagaz para identificar en la tropa alemana a oficiales con elevada inteligencia y disciplina para desarrollara la campaña del horror que significó la búsqueda (caza) de judíos en los territorios ocupados.
Tarantino no está interesado en el registro histórico ni en la secuencia lógica del conflicto. Su ficción indaga también, y con maestría, los estados anímicos alterados y aguzados por la astucia, la crueldad y el miedo. La que se necesita para hacer cine y mostrar los efectos del cine dentro de una misma película. Lo hace por actos y con desenlaces impensables.
Se detiene en los rostros, en aquellas expresiones faciales y señas particulares de las emociones, y consigue los efectos deseados con grandes cualidades actorales y encanto de los protagonistas: el dulce rostro de una mujer marcado por la traumática necesidad de venganza; la mirada y sonrisa cándida y casi infantil de un oficial alemán que es aclamado por sus hazañas de guerra; la del dolor de un hombre bueno que es obligado a faltar a su palabra.
En esos extremos, a veces intolerables y provocadores, Tarantino construye un mensaje que coloca al ser humano en el umbral de la negación de sus valores; quizá al mismo lugar en el que se ubica el holocausto y cualquier otro escenario de caos y guerra. En los cuales se pone a prueba la resistencia física y el equilibrio emocional.
El filme es equilibrado con magníficas escenografías, sentido estético en la composición, extraordinaria musicalización sinfónica y control absoluto de la fotografía.
Quizá sea el holocausto provocado por el nazismo sea uno de los temas con mayor recurrencia en el cine. Y al igual que la muerte y el amor ha provocado los mayores argumentos en esa extraña mezcla de emociones que significan los extremos entre el amor y el dolor.
Quentin Tarantino, en la película “Bastardos sin gloria” se recrea en lo que mejor sabe hacer: jugar con el realismo al imaginar escenarios sangrientos en los que coloca en situación de oposición las emociones.
La guerra es el pretexto para el director, para en ella colocar un grupo de bastardos en el frente aliado con la misión de una secuencia de exterminio cruento y aleccionador. Sin embargo no es menor sagaz para identificar en la tropa alemana a oficiales con elevada inteligencia y disciplina para desarrollara la campaña del horror que significó la búsqueda (caza) de judíos en los territorios ocupados.
Tarantino no está interesado en el registro histórico ni en la secuencia lógica del conflicto. Su ficción indaga también, y con maestría, los estados anímicos alterados y aguzados por la astucia, la crueldad y el miedo. La que se necesita para hacer cine y mostrar los efectos del cine dentro de una misma película. Lo hace por actos y con desenlaces impensables.
Se detiene en los rostros, en aquellas expresiones faciales y señas particulares de las emociones, y consigue los efectos deseados con grandes cualidades actorales y encanto de los protagonistas: el dulce rostro de una mujer marcado por la traumática necesidad de venganza; la mirada y sonrisa cándida y casi infantil de un oficial alemán que es aclamado por sus hazañas de guerra; la del dolor de un hombre bueno que es obligado a faltar a su palabra.
En esos extremos, a veces intolerables y provocadores, Tarantino construye un mensaje que coloca al ser humano en el umbral de la negación de sus valores; quizá al mismo lugar en el que se ubica el holocausto y cualquier otro escenario de caos y guerra. En los cuales se pone a prueba la resistencia física y el equilibrio emocional.
El filme es equilibrado con magníficas escenografías, sentido estético en la composición, extraordinaria musicalización sinfónica y control absoluto de la fotografía.
domingo, 24 de mayo de 2009
Impulso: la ficción de Mateo Herrera
Impulso: la ficción de Mateo Herrera
Diálogos mínimos, búsqueda de los ángulos y planos insospechados; el recursos del blanco y negro hace de la película Impulso, de Mateo Herrera, una singular historia contada en ambientes disímiles.
El primer escenario la calle. Una urbe como Quito recrea la marginalidad y en ella la vida rutinaria de tres mujeres: una abuela casi silenciosa, una empleada sobrecargada de trabajo, la tía y una adolescente que lleva su vida dentro de un uniforme escolar del peor gusto y sus matalones, camisetas, botas y música rock.
La voz de una madre distante y un padre ausente crean el escenario fantástico en el cual Mateo Herrera experimenta con el misterio y lo hace muy bien. Aquellos sueños urbanos motivados por la música, las luces y el alcohol contrastan con aquellos otros que motivan la apacible y monótona vida rural.
La vida en dos dimensiones en las que la proximidad de los afectos se muestra también en esas sutiles posibilidades que vuelven hasta cierto punto obsesivas a las pasiones humanas.
En medio del desencanto juvenil con la injusta imposición que suele aplicar el choque generacional la película recupera una hermosa combinación de placeres con la carga de erotismo en la justa medida que ofrecen las siluetas resplandecientes de los cuerpos de los protagonistas.
Diálogos mínimos, búsqueda de los ángulos y planos insospechados; el recursos del blanco y negro hace de la película Impulso, de Mateo Herrera, una singular historia contada en ambientes disímiles.
El primer escenario la calle. Una urbe como Quito recrea la marginalidad y en ella la vida rutinaria de tres mujeres: una abuela casi silenciosa, una empleada sobrecargada de trabajo, la tía y una adolescente que lleva su vida dentro de un uniforme escolar del peor gusto y sus matalones, camisetas, botas y música rock.
La voz de una madre distante y un padre ausente crean el escenario fantástico en el cual Mateo Herrera experimenta con el misterio y lo hace muy bien. Aquellos sueños urbanos motivados por la música, las luces y el alcohol contrastan con aquellos otros que motivan la apacible y monótona vida rural.
La vida en dos dimensiones en las que la proximidad de los afectos se muestra también en esas sutiles posibilidades que vuelven hasta cierto punto obsesivas a las pasiones humanas.
En medio del desencanto juvenil con la injusta imposición que suele aplicar el choque generacional la película recupera una hermosa combinación de placeres con la carga de erotismo en la justa medida que ofrecen las siluetas resplandecientes de los cuerpos de los protagonistas.
miércoles, 29 de abril de 2009
El que piensa se coloca bajo sospecha
El que piensa se coloca bajo sospecha
Cada vez que alguien piensa de manera diferente es visto con suspicacia. Y esas sospechas surgen de una limitada apreciación y respeto por el otro.
¡Cómo alguien puede presumir y elucubrar sobre el otro sin siquiera conocerle? porque estamos habituados a encasillarnos a nosotros mismos, a definirnos como seres identificados en determinados grupos. Si pensamos como alguien más nos complacemos porque creemos que la reflexión de tan repetida es compartida y buena.
En ese grupo en el que todos parecen estar de acuerdo, quien plantee inquietudes distintas será observado y se le buscará una grey a la que corresponda. Porque solo no podrá existir.
Así nacieron los partidos en un país en el que ahora se multiplicaron en movimientos. Cada uno en búsqueda de su grey y a defenderla de la única manera posible: con actitud de manada, con la provocación y el agravio.
Es una pena que la medida de la confianza y el desacuerdo con el pensamiento diferente sea la ofensa, el insulto. En lugar de encontrar en el desacuerdo el valor de los puntos de vista distintos que ayudan a construir, nos empeñamos en profundizar en las diferencias.
Es que acaso las elecciones se crearon para marcar desacuerdos y tensiones; si esa fuera el caso todas las sociedades habrían mantenido las guerras para resolver las hegemonías; pero no, la sociedades evolucionaron y la construcción de participación requiere la contribución reflexiva de todos.
No es posible que la promoción electoral sea reducida a anuncios de insultos, vejámenes y que aún continúen luego del proceso con la descalificación de los rivales. Como tampoco está bien que un acto democrático de presentación de ofertas políticas sea entendido como una contienda de la que solo resultan ganadores y perdedores.
Si alguien pretendiera quedarse para siempre en el poder no debería optar por un sistema de elecciones, pues como principio un proceso eleccionario obliga a reconocer la posibilidad de que una mayoría elija no necesariamente a uno, sino al otro. Ese reconocimiento a la posibilidad del contendiente solo es posible en una sociedad de valores, de profundas reflexiones y de equilibrio de poderes. Una sociedad democrática, que fomente las libertades, las responsabilidades y, sobre todo la igualdad de oportunidades.
Cada vez que alguien piensa de manera diferente es visto con suspicacia. Y esas sospechas surgen de una limitada apreciación y respeto por el otro.
¡Cómo alguien puede presumir y elucubrar sobre el otro sin siquiera conocerle? porque estamos habituados a encasillarnos a nosotros mismos, a definirnos como seres identificados en determinados grupos. Si pensamos como alguien más nos complacemos porque creemos que la reflexión de tan repetida es compartida y buena.
En ese grupo en el que todos parecen estar de acuerdo, quien plantee inquietudes distintas será observado y se le buscará una grey a la que corresponda. Porque solo no podrá existir.
Así nacieron los partidos en un país en el que ahora se multiplicaron en movimientos. Cada uno en búsqueda de su grey y a defenderla de la única manera posible: con actitud de manada, con la provocación y el agravio.
Es una pena que la medida de la confianza y el desacuerdo con el pensamiento diferente sea la ofensa, el insulto. En lugar de encontrar en el desacuerdo el valor de los puntos de vista distintos que ayudan a construir, nos empeñamos en profundizar en las diferencias.
Es que acaso las elecciones se crearon para marcar desacuerdos y tensiones; si esa fuera el caso todas las sociedades habrían mantenido las guerras para resolver las hegemonías; pero no, la sociedades evolucionaron y la construcción de participación requiere la contribución reflexiva de todos.
No es posible que la promoción electoral sea reducida a anuncios de insultos, vejámenes y que aún continúen luego del proceso con la descalificación de los rivales. Como tampoco está bien que un acto democrático de presentación de ofertas políticas sea entendido como una contienda de la que solo resultan ganadores y perdedores.
Si alguien pretendiera quedarse para siempre en el poder no debería optar por un sistema de elecciones, pues como principio un proceso eleccionario obliga a reconocer la posibilidad de que una mayoría elija no necesariamente a uno, sino al otro. Ese reconocimiento a la posibilidad del contendiente solo es posible en una sociedad de valores, de profundas reflexiones y de equilibrio de poderes. Una sociedad democrática, que fomente las libertades, las responsabilidades y, sobre todo la igualdad de oportunidades.
sábado, 4 de abril de 2009
Ya no hay espacio para el periodismo envanecido
Ya no hay espacio para el periodismo envanecido
Con la despedida del presentador de televisión Carlos Vera, del programa de noticias y entrevistas Contacto en Directo de Ecuavisa, desaparece de la pantalla aquella imagen del periodista envanecido.
Vera, con una larga trayectoria en el medio de comunicación televisivo, representó siempre aquel avatar de periodista provocador, ingenioso, sagaz, perspicaz y con esa habilidad para hilvanar la frase corta punzante y la pregunta inquisidora; pero también hizo la representación del comunicador engreído, presumido y soberbio.
Un doble juego en la construcción de la imagen de un presentador de televisión que además manejaba ese doble ejercicio de la moral que no dejaba de causar incertidumbre en los consumidores de la ilusión noticiosa de la pantalla; pues no dudaba en exteriorizar sus afectos y desafectos, en lo político ideológico que le correspondió enfrentar como presentador y también al anunciar a luz pública su liberal vida afectiva.
En aquel doble juego de recreación de roles y representación profesionales fue presentador de noticias y también funcionario público. Si bien, no de manera simultánea como correspondía a un comportamiento ético, pues el ejercicio paralelo de las dos actividades resulta incompatible e irresponsable.
Antes de su despedida de la pantalla Vera daba avisos de un estado de perturbación bastante próximo a la soberbia y la ira. Dos episodios que recuerdo: el presentador ha recorrido a esa actitud insoportable de levantar la voz a los subalternos asistentes de piso. Ha tenido que hacer un conteo hasta diez para retomar la calma que le permita continuar una entrevista y al día siguiente ha vuelto a llamar la atención a los asistentes por una desconexión del apuntador, aquel artilugio que no es otra cosa que un audífono que los presentadores llevan todo el tiempo y por el cual pueden escuchar al equipo de producción que labora para que el presentador se luzca todo el tiempo.
Acosado por el cansancio se despide un presentador que entendió mal el servicio público del rol del periodista y que en su arrogancia se ensañó en un ejercicio de oposición contra un régimen de gobierno que cuenta con respaldo popular y contra un mandatario que hizo de la crítica a la prensa, en general, una de sus estrategias de recuperación de imagen.
Se ausenta de la pantalla un estilo de hacer periodismo desde el culto a la imagen individual, arrogante y sínica del atractivo físico, se desploma la concepción del paladín y defensor de los que no tienen voz, y en el caso de Vera, supuestamente, de los que “tienen miedo”.
El periodismo nuevo, el que se requiere, debe ser de construcción colectiva, próximo a la gente, a los ciudadanos, el que surge de un trabajo de equipo y cuya dirección es el servicio público responsable.
El periodismo envanecido es improductivo en sus dos acepciones: soberbio, engreído, arrogante; y también, vacío, vano, sin frutos.
Ojalá ese ejercicio de representación del presentador de televisión no sea un remedo de la soberbia y que los aprendices de Vera reflexionen en sus responsabilidades como periodistas, y que los medios orienten sus programas informativos en su entera correspondencia con los intereses ciudadanos, colectivos.
Con la despedida del presentador de televisión Carlos Vera, del programa de noticias y entrevistas Contacto en Directo de Ecuavisa, desaparece de la pantalla aquella imagen del periodista envanecido.
Vera, con una larga trayectoria en el medio de comunicación televisivo, representó siempre aquel avatar de periodista provocador, ingenioso, sagaz, perspicaz y con esa habilidad para hilvanar la frase corta punzante y la pregunta inquisidora; pero también hizo la representación del comunicador engreído, presumido y soberbio.
Un doble juego en la construcción de la imagen de un presentador de televisión que además manejaba ese doble ejercicio de la moral que no dejaba de causar incertidumbre en los consumidores de la ilusión noticiosa de la pantalla; pues no dudaba en exteriorizar sus afectos y desafectos, en lo político ideológico que le correspondió enfrentar como presentador y también al anunciar a luz pública su liberal vida afectiva.
En aquel doble juego de recreación de roles y representación profesionales fue presentador de noticias y también funcionario público. Si bien, no de manera simultánea como correspondía a un comportamiento ético, pues el ejercicio paralelo de las dos actividades resulta incompatible e irresponsable.
Antes de su despedida de la pantalla Vera daba avisos de un estado de perturbación bastante próximo a la soberbia y la ira. Dos episodios que recuerdo: el presentador ha recorrido a esa actitud insoportable de levantar la voz a los subalternos asistentes de piso. Ha tenido que hacer un conteo hasta diez para retomar la calma que le permita continuar una entrevista y al día siguiente ha vuelto a llamar la atención a los asistentes por una desconexión del apuntador, aquel artilugio que no es otra cosa que un audífono que los presentadores llevan todo el tiempo y por el cual pueden escuchar al equipo de producción que labora para que el presentador se luzca todo el tiempo.
Acosado por el cansancio se despide un presentador que entendió mal el servicio público del rol del periodista y que en su arrogancia se ensañó en un ejercicio de oposición contra un régimen de gobierno que cuenta con respaldo popular y contra un mandatario que hizo de la crítica a la prensa, en general, una de sus estrategias de recuperación de imagen.
Se ausenta de la pantalla un estilo de hacer periodismo desde el culto a la imagen individual, arrogante y sínica del atractivo físico, se desploma la concepción del paladín y defensor de los que no tienen voz, y en el caso de Vera, supuestamente, de los que “tienen miedo”.
El periodismo nuevo, el que se requiere, debe ser de construcción colectiva, próximo a la gente, a los ciudadanos, el que surge de un trabajo de equipo y cuya dirección es el servicio público responsable.
El periodismo envanecido es improductivo en sus dos acepciones: soberbio, engreído, arrogante; y también, vacío, vano, sin frutos.
Ojalá ese ejercicio de representación del presentador de televisión no sea un remedo de la soberbia y que los aprendices de Vera reflexionen en sus responsabilidades como periodistas, y que los medios orienten sus programas informativos en su entera correspondencia con los intereses ciudadanos, colectivos.
lunes, 30 de marzo de 2009
La censura del CNE debería extenderse a los contenidos
La censura del CNE debería extenderse a los contenidos
El Concejo Nacional Electoral, CNE, solamente es una instancia de medida de tiempos y costos. Su acción debería extenderse a los contenidos de la propaganda electoral.
No es posible que los electores, ciudadanos y ciudadanas nobles e este país, estén asistiendo a un circo mediático y financiado con el dinero de los contribuyentes.
La ausencia de contenidos es evidente en la promoción de campaña: “Bla, bla, bla, bla”, se repite en una sinfonía de mal gusto que auspicia una candidatura presidencial; y en otra personajes de la más baja condición y apariencia exhiben en sus manos un balón de fútbol y se permiten invitar a votar por ellos porque aseguran “tenerlas bien puestas”.
Otros en un claro culto a la persona, solamente aciertan a auto calificarse de honestos, probos, experimentados y audaces. Y la propaganda oficial únicamente atina a relacionar la figara de los candidatos de elección seccional con la del presidente.
Ni un punto programático, ni una sola palabra en relación a los planes y programas de gobierno, y menos aún sobre una agenda establecida por la ciudadanía.
En donde quedó el discurso de la participación ciudadana, de la observación social, del compromiso ciudadano por el cambio. Categorías conceptuales con las que se levantó todo un texto constitucional en Montecristi.
Se les olvidó tan rápido la Constitución y las responsabilidades allí expuestas sobre derechos y libertades individuales, garantías y responsabilidades institucionales a los miembros del Consejo Nacional Electoral.
Ahora resulta que su única preocupación es si debe o no el Presidente emitir sus cadenas radiales de los sábados. Cadenas que cualquier neófito de la política y de la comunicación sabe que se trata de promoción del gobierno y en época de elecciones campaña electoral; pero para quienes integran el Consejo se les vuelve un tema de difícil resolución.
Sería bueno, que por sanidad del país, el Consejo Electoral cumpla con su trabajo y seleccione de manera responsable los mensajes que financia con dineros de los ciudadanos y censure aquellos que no contribuyen en nada a la invocación por un voto participativo y democrático.
El Concejo Nacional Electoral, CNE, solamente es una instancia de medida de tiempos y costos. Su acción debería extenderse a los contenidos de la propaganda electoral.
No es posible que los electores, ciudadanos y ciudadanas nobles e este país, estén asistiendo a un circo mediático y financiado con el dinero de los contribuyentes.
La ausencia de contenidos es evidente en la promoción de campaña: “Bla, bla, bla, bla”, se repite en una sinfonía de mal gusto que auspicia una candidatura presidencial; y en otra personajes de la más baja condición y apariencia exhiben en sus manos un balón de fútbol y se permiten invitar a votar por ellos porque aseguran “tenerlas bien puestas”.
Otros en un claro culto a la persona, solamente aciertan a auto calificarse de honestos, probos, experimentados y audaces. Y la propaganda oficial únicamente atina a relacionar la figara de los candidatos de elección seccional con la del presidente.
Ni un punto programático, ni una sola palabra en relación a los planes y programas de gobierno, y menos aún sobre una agenda establecida por la ciudadanía.
En donde quedó el discurso de la participación ciudadana, de la observación social, del compromiso ciudadano por el cambio. Categorías conceptuales con las que se levantó todo un texto constitucional en Montecristi.
Se les olvidó tan rápido la Constitución y las responsabilidades allí expuestas sobre derechos y libertades individuales, garantías y responsabilidades institucionales a los miembros del Consejo Nacional Electoral.
Ahora resulta que su única preocupación es si debe o no el Presidente emitir sus cadenas radiales de los sábados. Cadenas que cualquier neófito de la política y de la comunicación sabe que se trata de promoción del gobierno y en época de elecciones campaña electoral; pero para quienes integran el Consejo se les vuelve un tema de difícil resolución.
Sería bueno, que por sanidad del país, el Consejo Electoral cumpla con su trabajo y seleccione de manera responsable los mensajes que financia con dineros de los ciudadanos y censure aquellos que no contribuyen en nada a la invocación por un voto participativo y democrático.
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